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De Michael Keaton a Robert Pattinson: un paseo por el corazón de Batman en el cine

3 JUN 2019 / Cine

De Michael Keaton a Robert Pattinson: un paseo por el corazón de Batman en el cine

¿Qué esperar de Robert Pattinson como Batman? Un repaso a cada Bruce y cada Batman y lo que sentimos cada vez que el encapotado se tomó la pantalla.


Un buen día, Fox Kids decidió transmitir íntegra durante las noches la serie que por los fanáticos es conocida como Batman 66, por sus autores solo “Batman” y para algunos “la del batitwist“. Ese Batman de Fox que tenía un bello intro animado, con una icónica canción y que rescataba la época más edulcorada del murciélago en las historietas. De ahí salió una película y por ende, el primer Batman del cine en la época moderna -pues existió una serial del murciélago en 1943 y luego en 1949-.

El Bruce Wayne de Adam West debió enfrentar tiburones, desactivar bombas, enfrentarse a sus máximos enemigos y estrenar, cómo no, tecnología de punta como el baticóptero, el batibote y la batimoto en una película que fue más bien un episodio extendido de la serie de tv.

De ahí el salto en mi corazón es a 1989 y una película de la que no tuve dónde ni qué leer. Porque en los años noventa existió gente que esperaba que llegaran al videoclub y, en algunos casos, a la tv abierta para verlas. Fue mi caso con la primera vez que Tim Burton, el chascón del amor y odio con Disney, tomó la dirección tras una historia de Batman.

Ese niño raro, que no tiene miedo en hacer de cada película un autorretrato, eligió como Batman a Michael Keaton. Tampoco tuve tiempo de enterarme que había gente enojada con su elección como protagonista. Simplemente, para mí era Batman. Tuve a mano historietas, después de esta película una serie animada y las siempre presentes representaciones del murciélago en todos lados. Y nunca sentí molestia alguna con Keaton por su estatura, pelo casi crespo o incipiente calvicie. Él era Batman cuando enfrentaba al Joker en el campanario. Era Batman cuando respondía si es que alguna vez había bailado con el diablo por la noche. Era el mejor superhéroe de todos cuando el Joker tomaba una pistola gigante para dispararle y respondía con un amago de sonrisa desde la mejor Bat-Wing de todas. La que se posaba perfecto en la luna llena para hacer el símbolo que todos dibujamos alguna vez mordiendo parcialmente un pan hasta tener un batarang imaginario.

Keaton supo ser Bruce Wayne también en Batman Returns. Ese cuento de navidad en que se enfrenta a un empresario que, como en una historia de Stephen King, es responsable de todo lo malo que se acumula bajo las alcantarillas de una ciudad que no quiere ver los monstruos que ha alimentado. En este caso, tres tristes especímenes que batallan por el alma de la ciudad, cada uno desde una vereda más distinta a la anterior. Si la de 1989 es una película de Batman, la secuela de 1992 es sobre sus villanos, pero también sobre un gran Bruce Wayne que se enamora -de nuevo- y está dispuesto a dejarlo todo en el clímax de una pelea con tal de que Catwoman viva una de sus nueve vidas con él. Spoiler: no lo consigue y, para peor, en el camino mueren su enemigo civil -Max Shreck- y su enemigo animal –El Pingüino-.

Ahí la idea de una tercera parte en manos de Burton, un artesano, no sólo parecía lejana: era innecesaria. Sobre todo, siquiera intentar alcanzar las cotas de Batman Returns. Pero conocemos a los estudios de cine: se hizo Batman Forever. En general me gusta decir que no hay película de Batman que sea mala. No me gusta la idea de masacrar material de un personaje que me ha dado alegrías desde que nací, me ha incitado a grandes aventuras e incluso inspirado en la vida real a hacer cosas buenas en las vida de los demás. Y esta película es una prueba para esa máxima. Porque con Burton desplazado a la producción, Joel Schumacher eligió a Val Kilmer como sucesor de Keaton, que despreció el proyecto apenas leyó el guión. Para ser justos con el rubio actor de esa maravilla llamada Heat, su Bruce Wayne está más atormentado que ninguno en esta serie de películas que comenzó el 89. Acá Batman se enamora de una sicóloga llamada Chase Meridian -Nicole Kidman-, conoce a Robin, revive el trauma del asesinato de sus padres e intenta dejar como legado una enseñanza: la venganza nunca es buena, aunque en el clímax de la película, asome como inevitable. Me gustaba el Bruce Wayne de Val Kilmer mostrando su garaje de motos y autos clásicos al Dick Grayson de Chris O’Donell. Me gustaba también creerle el sufrimiento al recordar escenas del funeral de sus padres. Y me gustó mucho más cuando vi las escenas eliminadas de esa película que en algo atenuaban el tono de historieta -chillona- que su director transformaría en su aproximación definitiva al personaje.

Porque si hablamos de Batman y Robin hablamos del Bruce Wayne más viejo de todos, uno que ablandaba su corazón comprendiendo a Alfred y su enfermedad terminal. Uno que sufría la adolescencia tardía de Richard Grayson pidiéndole manejar un auto porque “a las chicas les gustan los autos”. Hablamos de un Batman que fue capaz de decir “ahora entiendo por qué Superman trabaja solo”. De esta aproximación, la de George Clooney y Joel Schumacher, que se han deshecho en disculpas por el resultado final, al margen del manoseado tema de los batipezones o la bati tarjeta de crédito, podemos rescatar cierta humanidad. Una mirada de Clooney tratando de cargar con el peso de Keaton y Kilmer en tres películas anteriores. Lo vemos tratando de lidiar con una Batgirl -que no es hija de Gordon– y un Robin que parece no haber aprendido nada del Bruce de Val Kilmer. Ah, y enamorarse de Elle Macpherson.

Se habló de un proyecto de quinta parte oscura que redimiera a Schumacher. También de una película de Batman Beyond en que Paul Newman fuera un Bruce Wayne roto. Se habló también de una Liga de la Justicia en que Armie Hammer cargara el manto con dirección de George Miller. Y de lo que menos se habló fue de que Christian Bale, con un parecido menor a Adam West, sería quien terminaría haciendo a un Bruce que mostraba por primera vez su camino hacia la maldición. Una travesía por montañas que incluía magia, engaños, drogas psicodélicas, artes marciales y un regreso a Gotham cuando ya todo olía a podrido. Un Bruce enamorado de Rachel Dawes. Un Batman ayudado por Lucius Fox. Para muchos, el mejor de todos los actores que se ha puesto el manto alguna vez.

De esa patada que puso a Batman de vuelta en la era moderna del cine pasamos a su segunda parte. Una película casi fuera de serie en que Bale lleva al máximo el sufrimiento de un Wayne que parecía no querer ser Batman. Un hombre que ve al amor de su vida morir tras una explosión generada por su némesis, un casting tan incomprensiblemente resistido como justamente reivindicado: el Joker de Heath Ledger. El cierre de este Batman en manos de Nolan, tuvo un giro inesperado para muchos: Bruce se retiraba y le dejaba de herencia sus instalaciones a un misterioso policía criado en un orfanato llamado Blake, pero de nombre legal Robin. Batman dejaba de existir como tal y sólo nos quedaba ese Bruce que tras ocho años postrado, comiendo lo que Alfred fuera capaz de llevarle, supo enamorarse de una ladrona conocida como Selina Kyle, dejar su vida como murciélago de lado y escaparse a un rincón de Italia a cumplir la promesa que alguna vez le hiciera a su verdadero padre. El de apellido Pennyworth.

Y nosotros en el cine, ya queríamos más de Bruce Wayne. Más de Batman. Y no mentiremos, muchos querían aún más de Christian Bale. Y como suele suceder, la elección de Hollywood decepcionó a muchos. Porque el manto lo tomaría alguien que sorprendió a demasiados con su interpretación. Porque aunque en dos de sus tres ocasiones el material no estuvo a la altura, Ben Affleck es para muchos el mejor Bruce Wayne de todos y, por kilómetros de distancia, el mejor Batman. Lo vimos recrudecer las heridas de la muerte de sus padres. Imaginar que Batman era la solución a su trauma. “En el sueño, ellos me arrastraban hacia una luz. Una bonita mentira”, dice sobre los murciélagos que nunca logró dejar atrás. Se enfrentó al ser más noble y poderoso de la galaxia y supo comprenderlo casi al final, porque, en el fondo, algo de Bruce Wayne quedaba en ese sangriento Batman. Después vagó atrapando a Deadshot en un callejón de Gotham y bueno, fue manoseado por Joss Whedon logrando salir, por poco, airoso. Esa frase que le dice al gran Alfred de Jeremy Irons quedó como su despedida. “Él es más humano que yo”, dice para referirse a Clark Kent.

Hoy, todos nos preguntamos cuál Batman será el de Robert Pattinson. Dicen que el noir. No sabemos si su Bruce sufrirá por amor. Si tendrá que ver morir de nuevo a sus padres en la acera en manos de algún delincuente. No sabemos si conocerá a Dick Grayson. Ni siquiera, de qué color será su traje. Sólo sabemos que para disfrutar de todas las encarnaciones anteriores del murciélago no hizo falta enviar carta alguna. No necesitamos un tuit aprobando o desaprobando un casting. Sólo necesitamos, a ver si lo adivinan, amor por el personaje. Amor por Bruce Wayne. Por sus heridas. Por sus traumas. Por su catarsis. Amor por Batman. Por lo que quiere representar. Por no responderle jamás a los que dicen que es sólo un millonario azotando delincuentes en las calles. Por no escuchar y seguir entregándonos historias. Bienvenido sea, el Bruce de Robert. Ha nacido, señores, el Batman Matt Reeves. El de Pattinson.

 

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