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Los mejores programas de concursos en los que soñamos participar

19 OCT 2017 / Nostalgia Pop

Los mejores programas de concursos en los que soñamos participar

En la época dorada de la televisión colorida, los programas de concursos competían por ver cual tenía la mejor escenografía, premios y pruebas más alocadas


La televisión de los 90 fue una era fecunda para un género que hoy está en extinción: los programas de concurso. Cuando la televisión todavía podía vivir de la fantasía y no de la construcción de una realidad alternativa, los concursos noventeros destacaban por sus absurdos niveles de producción, con los que se realizaban escenarios gigantes y coloridos, premios absurdamente grandes y lo más importante, pruebas que rompían en límite entre la competencia física y un videojuego.

Muchos de estos programas llegaban a nuestros televisores aun cuando ni siquiera podíamos competir. Ya fueran parte de la TV cable o comprados como formatos envasados, muchos de nosotros soñamos con algún día crecer y participar en ellos, sueños que se fueron rompiendo de a poco cada vez que estos iban siendo cancelados y además, nos dábamos cuenta que nuestro estado físico no nos daría ni siquiera para llegar a la mitad de una prueba.

Esta es una lista de los mejores en su categoría, programas con pruebas que hasta el día de hoy son recordadas y que algún día nos hicieron soñar con lo genial que nos veríamos compitendo en ellos. Lamentablemente su muerte lo impedirá.

Gladiadores Americanos

La música. Las pruebas. Los Gladiadores. Un show al que solo el faltaba una águila calva volando por el estudio para ser un sinónimo total de la cultura estadounidense. Gladiadores Americanos fue un programa extremadamente popular por todo lo que representaba. Era una suerte de Juegos Olímpicos que podíamos ver todas las semanas, pero con pruebas mucho más absurdas que las de la cita deportiva. Y con absurdas quiero decir tremendamente entretenidas.

Todos los que veíamos Gladiadores Americanos teníamos nuestra prueba favorita. Para algunos era La Justa, una batalla de fuerza y equilibrio entre dos personas luchando con un cotonete gigante. Para otros, la Atlasfera, una suerte de bola gigante para Hamsters en donde los contendores debían activar unos paneles que lanzaban uno. O quizás La Bola de Poder, una suerte de mezcla entre basketball y fútbol americano.

Pero mi favorito era por lejos El Asalto, una carrera de obstáculos donde los contrincantes debían atravesar un campo lleno de coberturas y armas falsas como ballestas de plástico o bazookas con pelotas de tenis, solo para intentar derrotar a uno de los temidos Gladiadores que disparaba con una metralleta de pelotas. Era Gears of War antes de Gears of War.

Los competidores trataban de ganar la mayor cantidad de pruebas para obtener una ventaja en la última y más importante prueba de todas: EL ELIMINADOR. Un circuito de obstáculos que variaba en cada capítulo y temporada y que era una carrera contra el tiempo que parecía una versión con esteroides de un juego como Super Mario Bros.

La serie original duró hasta 1996, y luego tuvo una nueva versión en el 2008, pero ya nada era lo mismo. La TV y nosotros habíamos cambiado para siempre y ya no había espacio para colores, músculos y sobre todo cotonitos gigantes.

El Gran Juego de la Oca

Cuando estaba en el colegio, mi obsesión con El Gran Juego de la Oca era tan grande que como lo transmitían en un horario en el que debía estar durmiendo, lo dejaba grabando para verlo completo al otro día. Así fue la adicción y el impacto que causó este programa español que quizás nunca debimos haber conocido, pero gracias a las licencias de programas, llegó a las pantallas de Canal 13 en plena década noventera.

Si Gladiadores Americanos era un videojuego de acción, el Juego de la Oca era un juego de tablero gigante. Enorme. Estúpidamente enorme. Su presentación no dejaba claro si se trataba de un un juego de tablero, de un concurso televisivo o de un espectáculo circense. Y la verdad es que era una mezcla de todo eso junto.

En El Gran juego de la Oca, cuatro participantes jugaban en un tablero gigante de 63 casillas, en el que debían ir avanzando lanzando unos dados electrónicos muy tecnológicos pero poco transparentes. Era lo más parecido al futuro que teníamos en la TV. ¿Qué más demostración del desarrollo europeo que un control remoto capaz de lanzar dados a la TV?

El participante lanzaba los dados y avanzaba por el tablero y dependiendo de la casilla en que caía podían pasar muchas cosas. Había casillas especiales llamadas “Casillas Oca”, donde el jugador simplemente avanzaba a la siguiente. Otras casillas tenían pruebas de habilidad o fuerza con las que los participantes apostaban dinero para aumentar su potencial premio.

Y casillas especiales que siempre traían momentos alocados, como la temida casilla 52 donde estaba El Flequi, un peluquero que rapaba a los concursantes si estos no respondían tres preguntas muy difíciles. Era un momento cruel y que demostraba que en los 90 la gente estaba dispuesta a todo por unas miles de pesetas.

Otro de esos maravillosos momentos de humillación era la sección de Beso o Tortazo, una que nos enseñó varias cosas: de partida, que un tortazo en España es un golpe y no un delicioso postre, pero también la importancia de no sacar conclusiones apresuradas.

En fin. Pruebas ridículas, un estudio gigante con una piscina en el medio y más de dos horas y media de duración habían del Juego de la Oca un evento imperdible de cada semana y del que desgraciadamente solo tendremos que conformarnos con la versión de juego de mesa.

Leyendas del templo escondido

Volvemos a Estados Unidos, ahora con un programa de concursos hecho para Niños. Las Leyendas del Templo Escondido estaban ambientadas en un…templo escondido que a veces parecía ser inca, otras veces azteca, pero asumimos que estaba en una selva ficticia.

El programa contaba con la participación de 6 equipos de dos personas, de los cuales, solo uno llegaría a la etapa final.

Los equipos tenían los nombres más ridículos de la tierra: Los Jaguares Rojos, Los Monos Verdes, las Barracudas Azules, las Iguanas Naranjas, las Serpientes Plateadas y, el peor de todos, Las Cotorras Púrpuras.

El programa contaba con cuatro fases, partiendo de las más aburridas a las más entretenidas. La primera era El Pozo, donde los miembros del equipo debían pasar por sobre un pozo con agua para seguir con el juego. Ahí caían las dos primeras víctimas, que eran los las lentos en pasar.

Luego, el evento más extraño de todos era Los Peldaños del Saber. Ahí entraba en juego Olmec, el guardia del templo: una cabeza de piedra gigante parlante, que además de explicar las reglas de los juegos, contaba una historia en cada capítulo, de la cual los participantes debían contestar una serie de preguntas. Básicamente era una prueba de comprensión de lectura televisada, y cada respuesta correcta te hacía subir un peldaño, y cada incorrecta, bajar uno. Los dos equipos que llegaban a la cima pasaban a la tercera etapa.

En Los juegos del templo, los equipos competían en pruebas físicas para ganar medallones de vida. Se trataba de tres pruebas: dos por medio medallón y uno por un medallón completo. Y acá es cuando el programa se ponía interesante, ya que cada medallón no solo te servía para llegar a la etapa final, sino que formarían parte central del desafío del templo.

En El templo, el equipo debía recorrer un circuito de 12 cuartos para encontrar y recuperar un objeto perdido. Las pruebas dentro del tempo eran mezcla de destreza física, memoria, habilidad, pero también mucha suerte. Esto porque en cada habitación del templo, al azar, podía aparecer uno de los guardias del templo y atraparlos. Los guardias te dejaban encerrado a menos de que les dieras un medallón de vida, y si te pillaban sin medallón, entraba tu compañero al templo, cuando ya no quedaba nada de tiempo.

Era un programa cruel, injusto y que rompía las ilusiones de los niños quienes casi nunca terminaban ganando, pero la ambientación y el tipo de pruebas hacían que uno de todas formas soñara con al menos intentar superar las pruebas que ese Maldito Sabio ponía para ganarnos.

Telematch

Por último, dejamos al más alocado, de todos, y curiosamente, proviene de una de las naciones más cuadradas del mundo: Alemania. Telematch, que también llegó a algunos países de Sudamérica como Supermatch, fue grabado originalmente entre 1970 y 1979 en Alemania, pero se transmitió en nuestros países durante varias décadas más adelante, como si se tratara de un VHS obligado a mostrarse cada cierto tiempo.

En Telematch, dos ciudades alemanas competían en diferentes pruebas, llenas de disfraces, colores y por lo general cosas muy grandes y ridículas.

En realidad, eran las mismas cosas que uno hacía para las competencias de las alianzas del colegio, pero con disfraces y al extremo. Acá, por ejemplo, un grupo de personas debía hacer una clásica carrera de relevos, pero disfrazados de elefantes y recogiendo trompas con los cuernos. Pura creatividad.

Había capítulos y pruebas en el agua, en el hielo, en el paso y en el campo abierto, y todas se veían tan entretenidas que era imposible dejar de verlo. En España, años más tarde, se hizo una versión parecida, donde también competían entre ciudades, llamado El Gran Prix.

Pero sin duda nos quedamos con el original, un show que no solo nso entretuvo, sino que nos enseño a contar hasta 3 en alemán y los nombres de ciudades más impronunciables de nuestra niñez.

 

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