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#CrónicasLechonas: El extraño bajón kitsch de McPiccola

31 MAY 2019 / Reseñas

#CrónicasLechonas: El extraño bajón kitsch de McPiccola

El local de comida rápida italiana destaca por lo bajo de sus precios pero también por las perturbadoras imágenes que ha impregnado en nuestras mentes.


El valor de una comida es siempre subjetivo: a veces pagamos mucho por algo que sabemos que es lo mejor, o porque el ambiente del lugar merece ese plus aun cuando el producto sea algo mediocre. Y a veces nos encontramos con comida que es tan barata que imaginamos que en algún lugar debe haber alguna trampa.

La pregunta que cabe hacerse, en ese momento es ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por tener un plato barato de comida? ¿Tu salud? ¿El Sabor? ¿Comodidad? ¿Soportar una malísima playlist de Spotify que más encima está reproducida en una cuenta gratuita? ¿Una mala cara del mesero? ¿Tus horas de sueño tras saber que fuiste parte de un esquema de abuso laboral?

La ponderación de cada uno de esos elementos es muy subjetiva pero en el caso de McPiccola, el extraño spin off de la cadena de comida italiana La Piccola Italia, puedo decir que el verdadero coste de ir a probar sus económicos platos está en tu sanidad mental. Bueno, eso y otras cosas más.

La propuesta de McPiccola era demasiado tentadora como para no ir a probarla. Se trata de versiones rápidas y preparadas en masa de las pastas de sus parientes mayores, pero a precios ridículamente baratos. Puedes comer un plato de Fetuccinis con salsa por 1.690 pesos, y por mil pesos más, le agregas bebida y empanadas.

El plato más caro del menú vale 5.990 pesos y se trata de los Panzotti de Salmón, con salsa de camarones, empanadas y bebida incluida. Entre todo el rango del medio, que promedia los 3 mil pesos, puedes encontrar espaguetis, canelonis, lasagna y la famosa tripasta, que es una mezcla de diferentes masas que dejan KO a cualquiera.

¿Cómo es la comida? Bueno, es del nivel que podrían esperar en un plato de ese costo. Yo obviamente pedí el plato más barato y la verdad es que podría haber sido peor. McPiccola tiene a su favor el efecto Doggis, que es un plato tan barato que en realidad lo único que puedes pedir es que esté cocido, que no esté frío y que no esté vencido. Y al menos esas tres cosas las cumple.

Sí, la salsa es un poco aguada y un tanto ácida, y el uso del queso rallado que te pasan al lado (y cuyo envoltorio parece en realidad un dulce) es casi obligatoria, pero más allá de eso, es un plato bastante contundente aún en su versión normal. Cuando es en un combo, se vuelve algo más que suficiente, a menos que tengas un hambre o un bajón de aquellos. Pero es una pasta que agota mientras la comes, así que no recomiendo más allá de la porción tradicional.

Tampoco ayuda mucho que el plato no entre mucho por la vista. Son servidos en unas bandejitas de plástico que parecen para comida de avión o de hospital, tirados de muy mala gana. Y la decoración del lugar tampoco ayuda mucho a la sensación de relajo. Sobre todo por un elemento en particular: la mascota de McPiccola.

No hay que ser un genio para darse cuenta a qué cadena de comida rápida está tratando de imitar esta nueva franquicia. Desde la presencia de la Bambini Felice -una caja con un menú para niños más un juguete- hasta los helados de postre e incluso los juegos presentes dentro del local, y por supuesto, las dos primeras letras de su nombre.

Todo parece que ya lo hemos visto en una cadena con arcos dorados. Pero quizás el robo más innecesario de todos fue el de Piccolín, el nombre no oficial de la mascota de McPiccola, que logra un objetivo que pocos creían posible: ser más incómodo que Ronald McDonald.

Este arlequín de ojos saltones está presente en todos lados, como si se tratara del Gran Hermano de un mundo orwelliano. Está en el logo de la empresa:

En sus vasos:

Y en cuadros o pinturas alrededor de todo el local.

Sus ojos saltones, sonrisa eterna y su bastón dorado parecen provenir de un mundo de pesadillas del cual es difícil salir. Saber que Piccolín te mira en cada instante es una experiencia bien perturbadora, aumentada por la paleta de colores exageradamente “italianos”, aunque con eso nos referimos a que todo es verde, blanco y rojo, siempre.

Y aun con la mirada ansiosa del arlequín que cuelga desde las paredes y su presencia mítica, no logra ser suficiente para que no te des cuenta que los platos, aunque sepan bien, se ven como comida prefabricada.

Pero tampoco te culpo si a pesar de todo lo que hemos mostrado, aun tienes ganas de ir a probarlo. Es comida rápida y como tal, uno podría esperar que los estándares sean menos de los que uno podría aceptar en otros lados.

Pienso en McPiccola como ese error que uno se ve obligado a cometer durante mucho tiempo por temas principalmente de dinero o de falta de experiencia. Un sello que con su payaso asesino puede quedarse en tu mente como un recuerdo de los tiempos en donde la cantidad importaba más que la calidad.

Un viaje a un terreno imaginario que queda muy bien plagado en su nombre: esto no es Italia, sino que la versión decantada de un gringo al que solo le importó una cosa de la bota europea: su comida. Y a la que como todo producto atrapado por esa cultura, es empaquetado y convertido en una versión sin alma de lo que alguna vez fueron.

Ya lo hicieron con las pizzas, los tacos, las hamburguesas y los hot dogs. Ahora, es el turno de la pasta.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por tener un plato barato de comida? El Axel aburguesado de hoy diría que nada de lo que pasó dentro de este local. Y no tanto por sus sabores básicos, su preparación sin cariño, su presentación deprimente, ya que por lo que cobran, uno diría que es lo que uno podría esperar.

Lo que no transo es soportar la mirada inquisidora de un payaso diabólico que parece haber sido creado con el material con el que hacen las pesadillas.

Para eso, ya no estoy en edad.

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