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Game of Thrones: El fuego de Daenerys siempre estuvo ahí

13 MAY 2019 / Series

Game of Thrones: El fuego de Daenerys siempre estuvo ahí

Múltiples críticas generó el lugar al que llegó la Madre de los Dragones, pero las claves sobre su incinerador destino estuvieron durante toda la serie.


La idea de la “Rompedora de Cadenas”, la regente libertadora de esclavos, potenció la idea en muchos fans de que Daenerys estaba destinada a ser la salvadora de Westeros. Que llegaría al trono limpiando al mundo de los malvados Jofferey, los ineficientes Tommen y las despiadas Cersei que han controlado a oeste desde la muerte del Rey Robert.

Pero su condición de Madre de los Dragones, con todo y su llamado de Dracarys, estableció hace rato la posibilidad de que la Targaryen terminase concretando lo que no logró su padre, el Rey Loco. Quemarlo todo. Su locura, sin embargo, no tiene relación con un estado mental desequilibrado, pues su decisión fuera de lo común se lleva a cabo por su propia convicción.

Una de las líneas de diálogo clave es su intercambio con Jon Snow, en donde deja en claro que en Westeros no hay amor para ella, solo temor. Esa idea se entrelaza con otra de sus motivaciones: su fijación total para recuperar lo que ella cree que le pertenece por derecho de nacimiento.

Cuando sus enemigos hacen sonar las campanas para señalar su rendición, Daenerys llega a la conclusión de que el sometimiento no basta. Lo que necesita es que todos le teman, ya que eso es lo único que garantizará su victoria total e inapelable.

Daenerys también comienza a quemarlo todo como castigo para todos aquellos ciudadanos que no salieron a vitorearla con su llegada, pues una de sus trancas máximas es sentirse no querida por sus súbditos. En temporadas anteriores, lo único que impidió que explotase, fue el haber sido celebrada por los esclavos, en su rol de rompedora de cadenas, de “mhysa”, de madre. Pero su acción de insurrección, como alguien foráneo, nunca iba a ser abrazada por un Westeros. Varys lo supo y por eso fue incinerado. Ella nunca sería recibida con los brazos abiertos como la salvadora que ella siempre ha pensado que es.

Al mismo tiempo, el ver a la Fortaleza Roja a su merced, el lugar que le fue arrebatado a su familia, ella también termina abriendo las puertas del odio que guardó en su corazón por tanto tiempo. Su rechazo no fatuo hacia un mundo que jamás derramó una lágrima por los Targaryen, y que siguió adelante aceptando a cualquier regente por sumisión, la llevó a sobrevolar Desembarco del Rey. Su fuego demuestra que ahora solo hay un camino. El suyo.

También su acción destructiva tiene relación con su propia postura de opacar la única amenaza que tiene por delante: Jon Snow, su verdadero linaje y el hecho de que personas clave de su círculo lo vean como un rey más apropiado. El fuego de su dragón representa así su propia decisión de someter por la fuerza ese tipo de convicciones, dejando en claro que la única reina posible de Westeros es ella. Para peor, como siempre quiso sentirse amada y pertenecer a un lugar, el respeto que genera Jon despierta sus celos, su paranoia y, por sobre todas las cosas, el vacío por la falta de cariño. Y eso termina encendiendo la llama.

Pero todo eso comenzó a gestarse desde la primera temporada. Ahí ya estaban las claves sobre su deseo de veneración, de ser amada en el exilio, para volver a reclamar lo que es suyo. Inclusive el primer final de temporada estableció que Daenerys era una dragona, literalmente inmune a ser incinerada, y el mundo se sometería a su fuego. Lo aceptasen, como los Dothraki, o no.

Tampoco hay que olvidar que, en el pasado, las acciones libertarias de Daenerys fueron celebradas, pero también tuvieron elementos oscuros en su ejecución. Doreah, una de sus primeras aliadas en las primeras temporadas, recibió como castigo por su traición el ser enterrada viva en la Casa de los Eternos.

Además, por cada esclavista incinerado en ciudades como Qarth, Astapor, Yunkai y, especialmente, Meereen, su pasó también significó cumplir sus deseos a como de lugar matando a nobles, hombres libros, traidores y, además, aquellos que la cuestionaran de cualquier forma. Las cosas terminaron de quedar claras cuando quemó vivos a  Randyll y Dickon Tarly en la séptima temporada. Si no aceptas su reinado sin chistar, estabas en contra de ella.

Aunque cada vez es más claro que Game of Thrones se ha resentido por el menor número de episodios en sus últimas temporadas, y con siete episodios más todo habría sido resuelto probablemente de una mejor forma en donde existiese mayor espacio para el desarrollo de la historia, el arco de Daenerys terminó abrazando lo que hace rato parecía un paso lógico y que chocaba con el llamado de sus creadores a simpatizar con su postura. Pero cada revelación relacionada a Jon Snow, cada duda generada sobre sus acciones y cada promesa demostrada como falsa, justifica lo que terminó sucediendo.

Obviamente dicha idea choca con la idealización que un montón de fans concretaron hacia ella, tanto de empoderamiento femenino como de sobrevivencia, pero desde la primera temporada, Game of Thrones estableció que el trono de hierro es esta especie de anillo único que saca a lo peor de la gente. Y lo peor siempre estuvo ardiendo dentro de Daenerys. Con eso en cuenta, lo malo de esta última temporada es que no hubo pausas para meterse mucho más dentro de su cabeza fracturada.

Quizás por eso su mayor acción termine siendo precisamente esa. Dejar en claro que el sistema del trono de hierro no puede seguir y su propio deseo por apropiarse de lo que cree es su “precioso”, termine provocando que de una vez por todas pase lo impensado: que las cosas cambien en Westeros. Que la sangre Targaryen termine siendo derramada sobre las cenizas para redefinir el futuro y un nuevo sistema se genere sobre las tierras por las que tantos batallaron. Ese sería el mayor final feliz que uno podría esperar de una serie como esta.

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