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La música de Dragon Ball y Dragon Ball Z que nos voló la cabeza

12 SEP 2017 / Anime

La música de Dragon Ball y Dragon Ball Z que nos voló la cabeza

Acá, un repaso no sólo a la obra de Álvaro Véliz bajo el alero de Warner Music, cuando todavía los discos mandaban en el mercado. También, un recuerdo de las tardes en que corríamos de regreso desde el colegio a mirar a Bulma, Gokú y sus amigos.


Aún recuerdo, de vez en cuando si me toca hablar con algún amigo fanático de Dragon Ball, aquella pantalla final acompañando un episodio de mi animé favorito, probablemente el que caló más hondo en el corazón de una generación completa: Dragon Ball. La canción cantada por “Bulma” -en realidad Marisa de Lille para Latinoamérica- concluye y de un momento a otro, aparece un anuncio de Warner Music Chile que dice que puedes comprar el álbum con las canciones de Dragon Ball y Dragon Ball Z “en las mejores disquerías del país”.

La historia de Gokú, un ser casi todopoderoso proveniente del planeta Vegeta, comenzó en nuestro país con la llegada de sus primeras peleas: esa maravilla infantil, pícara y a veces violenta aventura en que Bulma despertaba las pasiones de todos los que la vimos en épocas de destape y muy menor corrección política. Algunas censuras, claro está, acompañaron ese tibio despertar de la niñez y la adolescencia que, combo a combo, se enfrentó a Pilaf, la Patrulla Roja y el Piccolo original entre otros notables villanos.

El disco con sus canciones y las de la serie secuela -la más importante- existe. Pocos amigos, fanáticos varios, lo recuerdan a día de hoy. Una obra pictórica que tuvo en voz de Álvaro Véliz y Vanessa Henríquez versiones que actualizaban y llenaban de arreglos programados, sintetizadores o teclados eléctricos, los temas de opening, ending y algunos que son parte de la banda sonora de Dragon Ball y DBZ y nunca escuchamos completos, como si no fueran más que música incidental. Ese error pude repararlo con esta placa, al final de esa tierna infancia acompañada de los estornudos de la bella Lunch en Kame House.

Lado A

Llegó el momento mágico: una vez que recorría una feria cerca de mi barrio, cuando vi esa hermosa portada de Gokú sobre la nube voladora con shen-long de fondo. Eso a la izquierda. La mitad de la derecha, tenía a mi héroe de infancia acompañado de Vegeta y Trunks siendo observados desde arriba por esa versión rubia, tras la furia de transformarse en super sayayin.

Compré el cassette pirata, con la portada en blanco y negro. Puse play en esa radio Aiwa que estaba en el living de mi casa para escuchar los programas de Pablo Aguilera o Patricio Frez en la Radio Pudahuel y recibí el primer golpe en la mandíbula. La intro de Dragon Ball versionada por Véliz, con arreglos de batería más profundos que la versión hecha por Intertrack, empresa mexicana encargada del doblaje. Teclados y bases que me hacían sentir que existía otra dimensión de la música que Mega osaba cortar al comienzo o final de cada episodio -cosa que nunca hizo ETC..TV, mi canal favorito en la infancia.

De aquel viaje para encontrar el más grande tesoro y vivir la fantástica aventura, salí con un coro que gritaba, en el lado A “Dragon Ball Up Get IT”. Una suerte de rock noventero que fue parte de la banda sonora original de la serie, que versionado por Véliz le daba un carácter un poco más adulto a la persecución de las esferas del dragón. “Persiguiendo Sueños”, se llama el track, que juguetón endiosa el secreto tras la aparición de Shen-Long mezclando el inglés y el español lejos de cualquier prejuicio y mucho antes de que el spanglish fuera algo siquiera advertido por la cultura popular chilena.

Ya entregado a la magia del disco, escucho “Ganador”, el track tres, que patea unas guitarras que son acompañadas por una batería electrónica llena de guiños al toque de gong asociado al torneo de artes marciales que tanta emoción entrega en la serie, incluso hasta el día de hoy. “Vamos todos juntos a luchar, el primero bajo el sol”, dice el coro antes de dar paso a vientos artificiales que sugieren que esta pieza podría fácilmente ser parte de un soundtrack como el Donkey Kong Country. Y si, le vamos a perdonar las licencias que se toma la pronunciación del excelente Véliz para algunos nombres japoneses de personajes o técnicas. “Ganador, ganador, ¿quién será ganador?”.

Luego, mi favorita por lejos. Gritos guturales acompañan las percusiones antes de que entre una guitarra sucia que sirve de introducción para la “canción perfil” del disco: “Lobo Solitario” relata la historia de Yamcha, quizás el más menospreciado de los guerreros amigos de Gokú. Entre proclamas que hablan de la luz de las estrellas, analogías sobre los lobos y el amor no cuajado con Bulma, Yamcha adorna la promesa de esperar a su amor en un rock con todas las de la ley que, creo, es el momento más alto del disco no sólo por arreglos, sino por captar la esencia de uno de los personajes más queridos de la serie que da origen a todo ese mito en que se transformó con el tiempo la creación de Akira Toriyama.

Para cerrar el lado A, Vanessa Henríquez nos canta “Romance te puedo dar”, en una versión que cuenta con un doble compás en la caja a ratos, acompañada de unos teclados melancólicos que describen la esencia de la canción: la inocencia de Bulma, que sin que muchos lo adviertan, es lejos el objeto más profundo de los comienzos de Dragon Ball. Su metamorfosis de niña a mujer queda retratada en esta versión, que cuenta con un poco más de profundidad que la que acompañó el final de cada episodio de Dragon Ball.

Lado B

Un teclado, esta vez sicodélico, abre una versión que le pone nombre y apellido a cada parte de la letra que no logramos descifrar por aquel entonces consumiendo TV en aquellas tardes después del colegio en las que había un solo objetivo: ver Dragon Ball Z. Las licencias que se toma la adaptación de la letra de Álvaro Véliz y Mariano Pavez para Warner no alcanzan a empañar la profundidad con la que las percusiones adornan la voz del mismo Véliz, que se deja querer por otro teclado: el que entre medio de guitarras rockeras dibuja una caída de Gokú en pleno vuelo para alargar un poco más el track.

Luego, el ejercicio más experimental del disco: “Rock The Dragon”. Una suerte de interludio con muchas guitarras sucias y sonidos que aspiran a ser sacados de la serie, pero carente de alma y espíritu. En una línea muy distinta al lado A del cassette. La reivindicación viene con el track siguiente, quizás el segundo punto más alto de la placa. Sintetizadores que pintan una secuencia en la que la voz de Véliz suena en pleno diálogo con una voz femenina que comienza a responder las preguntas sobre qué significa ser un héroe y cómo es vivir en ese mundo en que un hombre no puede fallarle a los suyos. Cuando no era penalizado el sacrificio ni el relato épico de la vida propia. En corto: escuchando esta canción te sientes un héroe.

Hasta acá, el pop había sido un ruido de fondo en el disco. Pasa al plano principal en “Como un Galán”, una versión que entre sonidos de discos rayados y cintas enredándose define la posición de un galán, seguramente inspirado en el bruto romance de Bulma con Vegeta en los albores de Dragon Ball Z. Una pieza bailable que parece sacada de otro disco, quizás como un lujo o guiño sutil a la música chilena de comienzos de los noventa que sentía más ganas de pasarlo bien que de inspirar.

Ya el ending de Dragon Ball Z se aprecia como un juego entre vientos, mostrando a un Gohan que aprende del legado de su padre entre teclados que tienen en la voz de Vanessa Henríquez y sus coros una digna representación del mensaje del tema original.

Para finalizar cada lado, Warner decidió incluir versiones karaoke de los temas de apertura y cierre de los capítulos y si: los cantamos a viva voz esas tardes que tuvieron primero como telón de fondo el fin de los Power Rangers como objeto interesante y dieron paso a Gokú y sus amigos viviendo una búsqueda que incluía ambición por las esferas, sinvergüenzura y desfachatez de personajes queribles y despreciables, además del despertar sexual de una Bulma en la que todos pensamos más tiempo del recomendable.

Warner luego sacó más discos de Dragon Ball -aquel llamado “La Saga de Dragon Ball Z”- e incluso uno con temas de Sailor Moon, pero si hubo un big bang, fue con esta placa, que, para tranquilidad de los puristas, luego me llegó con el sello de originalidad de la disquera, ese sticker que iluminaba la palabra “FLAPS” o algo así. Escucharlo, de vez en cuando, me ayuda a recordar que fui un niño feliz. ¿Y a ustedes?

 

 

 

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