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No todos los héroes tienen capa o sable de luz

25 MAY 2017 / Cine

No todos los héroes tienen capa o sable de luz

¿Cómo se convirtió en "la mejor película de la historia"?


Ignoraba quiénes eran, pero la lucha era encarnizada. Noté cómo el hombre alto de casco y capa oscura había arrinconado a su oponente, un tipo rubio y joven, y esperaba darle el golpe de gracia. Con algo de desinterés me quedé observando la TV. Estábamos de visita donde mi abuela, con toda mi familia mirando la película y por la hora, – cerca de las 8 de la noche – supuse que se trataba del final.

Fue entonces, cuando ocurrió.

Con su espada de luz, el héroe cortó la mano de su enemigo y ésta cayó mientras el joven aullaba de dolor y tenía su merecido. Me quedé helado y no quise dar crédito a lo que había visto. ¿Cómo podía ser?

“Luke, yo soy tu padre”

¿Qué importa quién haya sido el padre de quién? El villano estaba sin una mano, y fue lo único que me impresionó por lo sangriento de la escena, aunque realmente no haya habido rastro de sangre. Tras un diálogo sin sentido, el hombre se lanzó al vacío y huyó cobardemente, sin enfrentar su destino ni la espada justiciera de luz del imponente hombre de voz ronca. Minutos después la película finalizó y pude ver las noticias. Quería ver los goles de mi equipo, que tristemente había caído hace poco a Segunda División.

¿Nunca has visto Star Wars?”, preguntó mi tío. “Es la mejor película de la historia”.

No, me aburrió un poco”, respondí, sin olvidar la tétrica escena de la mano.

Fue la primera vez que escuché hablar de la saga y pasarían varios años hasta tomar conciencia de lo que había visto. Tenía unos diez años en ese entonces.

Los tiempos habían cambiado. Con la llegada de los años 90 y el fin de la dictadura, las producciones hollywoodenses comenzaron a llegar cada vez con menos tiempo respecto de su estreno en EE.UU., y los rotativos en los cines del centro de Santiago se repletaban los fines de semana. Por ello, ver una película en el cine Rex de Huérfanos podía ser una odisea: por 500 pesos de la época uno podía pasar el día entero viendo la misma película una y otra vez, y la gente entraba y salía de la sala en cualquier momento.

Así, podían pasar horas antes de poder ingresar, y junto a mi tío (que seguía insistiendo con Star Wars) tuve que hacer largas y tediosas filas de dos o tres cuadras en los estrenos de Terminator II y Jurassic Park, que vi en su totalidad sentado en el suelo del pasillo. Peor suerte tuve con un programa especial continuado de Volver al Futuro II y III, en el que ingresé en el clímax de la película y nuevamente supe el final antes de ver el comienzo, con el “Doc” escapando en la super tabla voladora, el tren cayendo por el barranco y Marty destruyendo el DeLorean en la línea férrea.

Aún así, gracias a aquellos pocos pero significativos acercamientos al cine, mi gusto por la ciencia ficción se fue acrecentando. En cada conversación con mis amigos prepúberes compartíamos experiencias con revistas de ciencia y tecnología (como la célebre Conozca Más y el VHS con la falsa autopsia alienígena) o publicaciones de videojuegos como Club Nintendo, todo material conseguido de segunda mano en la feria o el Persa Bío Bío, lugar que visitaría religiosamente más adelante.

Mientras tanto, las noticias ya no comenzaban a las 8 de la noche, mi equipo había retornado a Primera División y mi tiempo transcurría entre el colegio, los amigos y un nuevo entretenimiento: un Sega Genesis, que había reemplazado al Atari 800 XL de la época de la escuela y que mi madre me compró con mucho esfuerzo, aún ante la negativa de mi autoritario padre, que curiosamente me regaló el Atari pensando en que me ayudaría a subir las notas.

Convencerlo de la utilidad de la consola no fue sencillo: tuvimos que decirle que de esa forma ya no pelearía más con mi hermano menor, y que resolveríamos nuestras diferencias canalizando nuestra violencia física en los juegos de pelea.

Pronto descubrí que los videojuegos no sólo mostraban aventuras de personajes pixelados recorriendo laberintos mal diseñados, sino que los modernos gráficos también permitían contar una historia. Fue así como un amigo de la época me mostró un Super Nintendo, y con ello no sólo un juego que jamás olvidaría, sino una historia que me sonaba familiar.

El videojuego contraataca

Super Star Wars: The Empire Strikes Back” era el segundo título de una trilogía para SNES que intentaba emular la saga del cine y llevarla al entretenimiento electrónico casero. Era bastante difícil para la época, y gracias a sus gráficos y jugabilidad me ayudó a dar los primeros pasos en el universo creado por George Lucas, del cual hasta ese entonces no había oído hablar.

Así, gracias al juego conocí a los tres personajes jugables, Han Solo, Chewbacca, Luke Skywalker, y entendí que se trataba del rubio sin una mano que por años pensé que era el villano, además de Darth Vader, que por supuesto no era en realidad un héroe. Poco a poco me interesé en la saga y supe que lo que había visto a fines de los 80 en la casa de mi abuela tenía un significado especial.

La suerte estaba de mi lado, ya que en la feria encontré un VHS con las tres películas en un cassette para disfrutarlas un fin de semana completo. Sentí que la Fuerza comenzaba a retomar su equilibrio.

Pero no todo salió como esperaba. Por alguna razón, mi primera incursión con Star Wars se vio interrumpida por un cassette en pésimas condiciones y un aparato con los cabezales sucios gracias a maratones eternos de películas de Dragon Ball y cine de acción ochentero de bajo presupuesto. Mi interés en la saga decayó y decidí olvidarla. Al menos, hasta la llegada de Nintendo 64.

Corría el año 1997 y la expectación ante la salida de una nueva consola estaba fuera de lo imaginable. Ver juegos como Mario 64 con relieve y en un mundo en 3D, Zelda: Ocarina of Time, Mario Kart o International Superstar Soccer 64 era más de lo que podía pedir un ser humano aún en etapa de estudiante. Gracias a un trabajo como empaquetador en un supermercado pude reunir lo suficiente como para cambiar mis antiguas consolas y comprar un Nintendo 64 al año siguiente, junto al divertidísimo Banjo-Kazooie.

Fue en esa época cuando en una visita al Persa Bío Bío a cambiar algunos juegos, me encontré nuevamente cara a cara con dos títulos relacionados a Star Wars: Rogue Squadron 64 y Shadows of the Empire. El primero, un juego que se desarrolla entre los episodios IV y V en un comienzo, y al final tras los eventos del episodio VI; y Shadows of the Empire, que muestra las aventuras de un mercenario (Dash Rendar) similar a Han Solo, entre los eventos de El Imperio Contraataca y El Regreso del Jedi.

Ambos fueron una gran fuente de inspiración para adentrarme en el universo de la saga y algunos de sus personajes, aunque todavía mantenía mi deuda con las películas originales. Sin querer, ya conocía suficiente de la saga como para enfrentarme a ella de una vez por todas, lo que ocurriría justo al llegar a la universidad.

Ocurrió justo en medio de una celebración por el ingreso de los mechones. Por fin, pude ver la saga completa en el ya olvidado formato VCD (el Blu-Ray de los pobres), con una pésima calidad visual y un peor audio, lo que sumado a la gran ingesta de alcohol de aquél día quizá no hizo el mejor debut. Aún así reconocí a la mayoría de situaciones, paisajes, música, planetas, personajes, naves y armas, todo gracias a mi experiencia con los videojuegos. Además me di cuenta que el universo creado por Lucas cambió la forma en que vemos los mundos más allá de nuestro planeta.

Para un fan de la astronomía y de Star Wars, mirar dos soles en el horizonte es completamente normal, porque es el único universo que existe, es evidente que hay vida inteligente en una galaxia muy, muy lejana, y no hay forma en que las cosas sean distintas. Es ciencia, es Star Wars.

Es más, los eventos de la saga pueden ser citados como una Biblia, o como si fuesen parte de la historia universal que te enseñan en el colegio. A veces creo que tales eventos ocurrieron, y me da gusto pensar que sea así.

Lo más importante al menos para mí, y más que el hecho que Vader haya sido el padre de Luke, nunca olvidé la escena de la mano cayendo al vacío. Días después me encontré con mi tío y no pude sólo expresar mi agradecimiento: “Es la mejor película de la historia“.

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