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Review | Ad Astra, las trancas en el infinito y más allá

30 SEP 2019 / Cine

Review | Ad Astra, las trancas en el infinito y más allá

Brad Pitt ilumina a esta obra de ciencia ficción elegante que es tan fría como su protagonista y que, en medio de las estrellas, aborda el desapego y la depresión.


Ad Astra es una película elegante, de una forma muy anticuada, que tiene un ojo puesto en lo que hay más allá de nuestras fronteras, mientras que el otro lo fija sobre todo aquello que como humanos nos impiden avanzar.

Al centro de esas dicotomía está el frío protagonista de esta historia, interpretado a la perfección por Brad Pitt, quien da vida un tipo que se llama Ray McBride y que es incapaz de sentir algo en todo aspecto de su vida. De hecho, su corazón no se altera ni siquiera cuando cae libremente a la Tierra desde los más altos confines de la atmósfera o es incapaz de hablar cuando su pareja decide abandonar su hogar.

Claro que poco a poco vamos notando que la coraza de ese temple tambalea ante la sombra que ejerce la figura de su padre, uno de los héroes más importantes de la humanidad, ya que McBride ha crecido deprimido tras su abandono y ha sido completamente definido por la ausencia de una relación con su progenitor.

Dirigida por James Gray, Ad Astra es una exploración de un futuro especulativo que se instala como una extensión de lo que ya está sucediendo en materia espacial, con privados siendo parte esencial de la exploración, para presentarnos una historia situada en una Tierra corporativizada.

Teniendo ribetes de Apocalipsis Ahora, de su historia solo basta saber que Pitt interpreta a un soldado e ingeniero que es convocado a una misión secreta, ya que existen una serie de misteriosos pulsos de energía que ponen en riesgo a la vida de todo el sistema solar. Más aún, la clave es que su origen parecen tener relación con la importante misión que emprendió el padre de McBride hace más de 15 años: dirigirse hasta Neptuno para investigar de mejor forma la existencia de vida en el universo.

Pero más allá de la travesía, marcada por una cinematografía fenomenal, uno de los puntos más sólidos de esta producción tienen relación con la ambigüedad hacia la salud mental y cómo el futuro de Ad Astra presenta un escenario en el que las máquinas tienen la palabra a la hora de controlar el bienestar humano, llegando inclusive a definir el estado mental de una persona. De ahí que más que la búsqueda de inteligencia extraterrestre, lo que realmente importa en esta producción son los rastros de la humanidad en el sistema solar y el valor en que la raza humana se siga extendiendo ad astra. Es decir, a las estrellas.

Claro que ante un universo infinito, y aparatos incapaces de rastrearlo todo, nuestras búsquedas siempre estarán definidas por el alcance de la capacidad de nuestros instrumentos. Dichas máquinas, al mismo tiempo, son la clave para permitir que el ser humano explore más allá de su planeta, pues la vida como la conocemos simplemente no es posible allá en el infinito. Pero si la condición humana es definida por lo que una máquina determina, entonces solo terminamos convirtiéndonos en meros drones incapaces de comprender lo que está al frente.

Es ahí en donde está todo el tema central de Ad Astra. Si somos miles de millones de personas, ¿podemos decir que, como individuos, estamos solos en el universo? Si nuestros instrumentos aún no están capacitados para dar con signos de vida en el universo, ¿eso implica que no hay necesidad de que la humanidad salga de los confines de su mundo?

En ese sentido, el perfeccionismo laboral y la soledad, que en esta caso McBride abraza para que nada ponga en riesgo su performance, son el foco de las vicisitudes que surgen durante el viaje de Ad Astra, que primero nos presenta a una Luna con locales de comida rápida y una base que se mete dentro del subsuelo de Marte. Al mismo tiempo, también lo ponen en piloto automática para seguir avanzando en un estándar que solo él se ha puesto como vara, pues lo que considera como un deber ante las proezas de su padre. Pero, como solo la madurez deja claro, no somos nuestros padres y los errores del pasado tienen que servir para encontrarnos a nosotros mismos y forjarnos nuestra propia vida.

Aunque existen algunos clichés en el camino, especialmente cuando la película se vuelve esquemática para poner un problema tras otro en cada punto del viaje, además de un abuso de la narración, su mayor fortaleza tiene relación precisamente con el viaje reflexivo de su protagonista y la forma en que es definido para ser y no solo estar en el cosmos. Si bien el tono contemplativo de la dirección de James Gray desconecta, lo profundo que busca plantear no está puesto al azar.

Las imágenes pulcras de un espacio solemne en esta epopeya cerebral de ciencia ficción, establecen el marco justo para que sea posible la reflexión sobre las preguntas que Ad Astra establece en su subtexto. Es ahí también en donde su mensaje final es más potente, lo que solo es posible tras viajar junto a un astronauta que quiere llegar a ser algo más que la cáscara problemática que quiere dejar atrás. Es, a grandes rasgos, una evolución emocional.

Aventurarse en lo desconocido es relevante, pero la verdadera búsqueda de Ad Astra es interior y nos recuerda que el aspecto más significativo de la vida es conectarnos entre nosotros. Aunque no podemos entenderlo todo como individuos, si podemos ser entendidos por el otro. Y eso es vivir, aquí o allá en las estrellas.

 

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