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Review | Death Note, una adaptación que no justifica su existencia

26 AGO 2017 / Cine

Review | Death Note, una adaptación que no justifica su existencia

Una versión condensada y superficial que no equivoca el camino por sus cambios, sino por perder el norte al excluir lo que importa.


Death Note es una mala película. Eso no tiene objeción. El gran problema de esta versión estrenada por Netflix, es que nunca justifica su existencia. Comete el grave error de no entregar algo que valide a su producción más allá del afán de explotar una marca venerada por un nicho durante la última década.

La adaptación dirigida por Adam Wingard, conocido por sus películas de terror de bajo presupuesto y que a futuro se hará cargo del blockbuster de Godzilla vs. Kong, en ese sentido se reduce a una mera traducción para un entorno norteamericano, que intenta diferenciarse con decisiones que terminan equivocando el camino de su historia.

Como en esta propuesta no hay una guía que sustente el fondo, nunca existe una validación para abordar, otra vez, una historia que no solo tiene una versión animada, sino que también dio pie a dos películas en Japón. Quizás por eso el único punto de redención de Death Note se instala a la hora de las comparaciones, ya que no es tan mala o aburrida como el promedio de los live-action japoneses.

Aquellas obras generalmente se preocupan más de crear un ambiente de cosplay, en donde todo luzca similar a la obra original, que de los aspectos cinematográficos que no deben ser descuidados en una adaptación (relato, puesta en escena, edición, flujo narrativo de las escenas, etcétera). Y tampoco es tan, tan, tan mala como otras adaptaciones de Hollywood, ya sea bodrios como El Puño de la Estrella del Norte o la infumable Dragonball: Evolution.

Pero, por el otro lado, lo peor de toda la adaptación es que se olvidan de que Death Note, desde el manga a su popular anime, aborda los delirios de grandeza de alguien que quiere ser venerado al convertirse en juez, jurado y verdugo. Eso aquí es abordado de forma superficial, casi como una mera anécdota. Es eso lo que provoca que esto no justifique todo el trabajo que se llevó adelante para crear a este live-action.

La historia de Death Note, a grandes rasgos, sigue la base e intenta abrumarnos con una seguidilla de actos que nos lleven al cierre de la historia. Un adolescente llamado Light se topa con un “Libro de la Muerte”. Al escribir un nombre en una página, esa persona morirá de un ataque al corazón. Si además se escribe en detalle una forma de muerte plausible, a continuación la víctima estirará la pata de esa forma específica. En el medio hay reglas adicionales que entran en juego en la historia, pero lo relevante es que Light se decide a escribir los nombres de asesinos, pedófilos, terroristas, dictadores y todos aquellos criminales que quedan impunes.

El primer cambio de la historia, en ese sentido, radica en el hecho de que Ryuk, la entidad demoníaca tras el libro y cuya voz corre a cargo de Willem Dafoe, no explica nunca sus motivos. Otro punto importante es que Light nunca manifiesta su deseo de regir como dios en un mundo en el que solo los moralmente aptos vivan.

En esta versión, no obstante, todo eso se da más como consecuencia que como objetivo, lo que le quita fuerza motivacional a sus personajes y, por ende, le quita sustento a su particular historia. Quizás el mayor error de este Death Note es intentar poner a la audiencia del lado de Light, lo que provoca una crisis de identidad que descarrila al resto de su propuesta.

En el camino de esta versión, en el que sus actores no hacen mucho por levantar la historia, agregan un elemento más romántico. Todos los actos de Light son avalados por una de sus compañeras, quien se transforma en su novia y aliada. Ambos son los impulsores de los asesinatos que están al centro de la historia. Todo el resto está abordado de forma muy superficial durante su hora y media de metraje.

Quizás lo más relevante es que una vez que entra en acción L, un misterioso detective que hábilmente detecta que “Kira”, el dios que asesina a los criminales, es en realidad una persona que opera en Seattle, la historia nunca saca partido al juego del gato y el ratón que se debe dar en contra de Light. Ese es otro de sus grandes errores, más allá de que el actor elegido realmente equivoca el camino y nunca vende al personaje correctamente. Es raro y freak, pero por las razones equivocado.

Pero a la larga Death Note no falla por los cambios de su adaptación, por la condensación absoluta de la historia o porque L sea interpretado por un afroamericano. Esta versión live-action falla porque equivoca notablemente el camino, alejándose de elementos primordiales que marcan a la historia original y que no deberían haber estado ausentes para validar a un protagonista tan repudiable como el Light Yagami original.

Peor aún, su historia se resuelve de forma abrupta, en uno de los peores finales del último tiempo, solo porque queda claro que está la intención de concretar una secuela. El final es horrendo y probablemente eleva más el odio contra esta adaptación.

En definitiva, la película ciertamente tiene algunos momentos interesantes y su director Adam Wingard le levanta el pelo con el tratamiento visual, incluyendo algunos momentos gore que intentan satisfacer a los fans del terror. Pero todo termina sintiéndose como una oportunidad desperdiciada, como una malograda versión que tiene algunos pros, pero que nunca abraza los elementos más destacados de la idea original.

Este es un Death Note que se queda solo en el nombre, pero nunca entra al fondo. Por eso, lo mejor habría sido que nunca lo hubiesen hecho.

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