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Review | Dunkirk, heroísmo en la aplastante derrota

28 JUL 2017 / Cine

Review | Dunkirk, heroísmo en la aplastante derrota

Lo nuevo de Christopher Nolan es una apuesta narrativa para ver en la pantalla de cine más grande. También es un blockbusters distinto a lo acostumbrado.


Una gran experiencia visual que busca implantar una idea en nuestras cabezas: también hay heroísmo en la derrota. Así defino a Dunkirk, la más reciente película escrita y dirigida por Christopher Nolan centrada en la Operación Dínamo.

Para retratar esa gigantesca evacuación de tropas aliadas, empujadas al borde del cataclismo durante la primera etapa de la Segunda Guerra Mundial, Nolan decidió concretar una propuesta narrativa que lo devuelve a un territorio más cercano a Memento, que a los blockbusters que han marcado a su carrera tras su trabajo a cargo del hombre murciélago.

A pesar de que Dunkirk en su puesta en escena tiene mucho del cine bélico tradicional, elevado con esteroides gracias al gran presupuesto que tiene a su disposición, quizás lo más notable a destacar en primera instancia es que esta obra no es el típico gran estreno hollywoodense. Sí, es grande, cuenta con tomas impresionantes gracias a la tecnología IMAX, pero su narrativa la vuelve un imprescindible para experimentar en una sala de cine. Incluso si a la larga no enganchas con su propuesta y quieres encender tu antorcha por el título de esta reseña.

Centrándose en el denominado milagro de Dunkerque, Christopher Nolan toma tres focos de historia situados en diferentes momentos de la evacuación. De este modo, va entrelazando las diferentes acciones abordadas en la película, que no ocurren cronológicamente en paralelo, pero que están destinadas a enlazarse. En primer lugar están los soldados aliados, encerrados en una playa en la costa del Canal de la Mancha y que intentan escapar de una muerte segura por todos los medios, en hechos que comienzan a agobiarlos una semana antes de su gran día clave.

También está la historia del dueño de un barco privado, interpretado por el gran Mark Rylance, quien responde el llamado de la Marina real británica para que este tipo de embarcaciones civiles ayuden en la misión de rescate, en una travesía que comienza un día antes y que por lejos es la más atractiva, consistente y mejor elaborada de todas. Es la encargada del corazón de su propuesta. Por último, tres pilotos de la Fuerza aérea real vuelan hacia la ciudad francesa para colaborar en las acciones de defensa. Es una misión que se inicia una hora antes.

Dicha fragmentación es una de las principales características que marcan a esta película, que tampoco tiene reparos a la hora de demostrar visualmente por qué Nolan es realmente un artesano en el lenguaje cinematográfico. Las secuencias aéreas de Dunkirk son deslumbrantes, la épica de la evacuación es deprimente al constatar que no existen muchas opciones y cada navío hundido es destruido en una factura realmente maestra marcada por los efectos prácticos y no por la artificialidad digital más notoria.

Más allá del aspecto técnico, la película transmite incesantemente la idea de que el reloj está cada vez más cerca de marcar una hora fatal y refuerzan esa agobio en una estructura de batalla en la que el enemigo simplemente no se ve. El foco de la historia se centra en una ciudad costera asediada por las fuerzas de la Alemania nazi, pero nuestro punto de vista son los aliados que sufren ataques repentinos. El enemigo es una fuerza casi fantasmal que dispara ráfagas sin que los veamos, lanza torpedos que aparecen de la nada y sus aviones surgen como verdaderas aves de presa que sorprenden a sus víctimas en su vuelo. Todo apunta a la idea de que no hay esperanza.

Pero la película también pende de un hilo en esa misma decisión narrativa. Durante su metraje existe un grado de previsibilidad asociado a la idea de que los personajes terminarán conectándose, pero las pequeñas historias de los soldados no terminan de cuajar. Todo está ahí para armar el puzzle de los días en que todo el esfuerzo aliado estuvo cerca del abismo, pero los hombres de armas en Dunkirk terminan más definidos como meras figuras para definir la cronología de una batalla perdida y rara vez son verdaderos impulsores del relato. Los únicos que dan más son los civiles, como una representación de que a veces hay que cumplir un deber que no nos debería involucrar.

Quizás el mayor punto para ejemplificar esa situación radica en la música de Hans Zimmer. El compositor decidió concretar un trabajo que, tal como la película, no es para nada tradicional. Su propuesta musical no es de una orquestación clásica, ya que sus composiciones sirven más de acompañamiento para acompañar el agobio del relato. No representa una propuesta para complementar las imágenes, remarcando así cómo en Dunkirk no hay capas para profundizar. Es una especie de reloj de arena que poco a poco se va quedando sin granos.

Dunkirk aún así se encarga de dejar en claro que, aunque todo está en contra, a pesar de que la sombra de la derrota se instala sobre sus cabezas, hay decisiones y actos que requerían que esta historia fuese abordada. De parte de Nolan se siente el hambre por dejar en claro que esta historia sí importó y el desastre calamitoso de la derrota no empañó la relevancia de aquellos que niegan a doblegar sus ideales.

El mayor punto que marca a Dunkirk en definitiva es la forma en que esta abordada su historia, sin protagonistas estadounidenses ni muchos diálogos, estableciendo un relato para elevar la idea de que sí hay valor en la victoria moral, en un entorno técnico de primer nivel. Y aunque solo esto último sea lo que termine llenando butacas, también creo importante ver historias que en los grandes estrenos de Hollywood, no sean contadas como todo el resto. Ese es el gran valor que termina teniendo lo más reciente de Nolan, que en el fondo es básicamente un espectáculo blockbuster más, pero al mismo tiempo no lo es.

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