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Review | Ghost in the Shell es una buena adaptación genérica

30 MAR 2017 / Cine

Review | Ghost in the Shell es una buena adaptación genérica

La película no se decide del todo a seguir su propio camino, pese a que su historia y foco es distinto al del anime original.

Existe una película como Dragonball: Evolution que eleva todo el nivel de miedo ante cualquier adaptación de animes, o mangas, en Estados Unidos. La experiencia con esa película fue tan mala, que quedó de manifiesto algo claro: hay productos con sensibilidades asiáticas que no deberían ser trasladados a versiones que filtren su esencia por el cedazo de Hollywood. Y probablemente no hay mejor ejemplo de ello que Ghost in the Shell, salvo Akira, ya que se trata de una película que a grandes rasgos solo funciona bajo el contexto y sensibilidades orientales en las que se instala su historia.

La adaptación centrada en la creación de Masamune Shirow, autor del manga original, es un ejemplo más de esos productos que no deberían ser adaptados, ya que el resultado final está cargado de elementos genéricos que siempre están presentes en este tipo de adaptaciones.

Aquí hay un villano con motivaciones comerciales a pesar de que en el anime original no existe un villano tradicional. Más importante, aunque ambos comparten un comentario sobre el mercado, solo en el anime se refuerza la manifestación de ideas sobre lo que implica la humanidad o la necesidad de vivir que puede poseer una conciencia artificial.

Pero aún cuando esta nueva Ghost in the Shell carece de las ideas del original, al menos es lo suficientemente competente para hacer una cosa: que su adaptación genérica no sea un mero ejercicio de copiar y pegar aquello que fue animado para pasarlo a un entorno live-action. No es mucho, y simplifican todo para la audiencia masiva, pero es lo que hay.

A pesar de que hay guiños y secuencias completas que homenajean al clásico dirigido por Mamoru Oshii, intentando replicar esas bellas imágenes que caracterizaron al clásico de 1996, en esta nueva versión tienen claro que no podían hacer lo mismo que el anime, que se tomaba su tiempo para que su historia cobrase sentido.

Tomando elementos de la serie Ghost in the Shell: Stand Alone Complex, en esta película marcan una diferencia la obra animada, ya que siguen la lógica de establecer esa ya habitual dinámica de “películas de orígenes” que caracterizan a los productos de Hollywood. En este caso, profundizan en el pasado de “the Major“, el personaje principal interpretado por Scarlett Johansson, introduciendo a un villano llamado Kuze, que corre a cargo de Michael Pitt.

En el medio de la historia, situada en un futuro en el que la tecnología cibernética hace posible que la conciencia de una persona sea copiada en un cuerpo sintético, inevitablemente agregan tu típica conspiración. El personaje de Johansson es uno de estos “humanos sintéticos” y, más importante, es el arma de ataque de una fuerza de élite llamada Sección 9, que debe impedir que un criminal destruya los avances científicos de la compañía Hanka Robotics. En ese entramado, se instala un misterio y el principal debate está marcado por aquellos recuerdos que quedan alojados en lo sintético. Lo que fue, no se puede olvidar.

Por eso quizás al ver una película de Ghost in the Shell es inevitable que se instalen los retazos de lo ya hecho y sea casi imposible juzgar a esta película sin compararla. Aún teniendo en claro que la versión 2017 fue despojada de un trasfondo sociopolítico o elementos relacionados a la inteligencia artificial, es difícil no buscar las similitudes.

Aún así, lo que hace esta nueva adaptación es más valorable de lo que habitualmente vemos en este tipo de superproducciones. Lo digo en el sentido de que aquí intentan seguir un camino propio, aunque no pueda alejarse por completo. Claro que aunque uno entienda que eso nace ante la necesidad de replicar una estética, también no es menor cierto que es esa misma indecisión, que se mueve entre crear lo propio o saciar el hambre de replicar el anime solo por replicarlo, lo que finalmente le quita puntos a una película que de otra forma podría defenderse más por si misma.

Más allá de lo evidente, el foco estético de esta nueva versión es innegable y el trabajo de efectos visuales es impresionante a la hora de generar a este mundo futuro frío carente de humanidad y en el que casi todo es sintético. Hay un notable trabajo de diseño de robots, como las geishas serviciales, además de gran parte de los escenarios futuristas que están presentes en esta nueva película.

Pero, y siempre voy a volver a los peros con este tipo de película, innegablemente queda la sensación de que faltaron chauchas para el peso. Ghost in the Shell tiene todo para hacer algo propio, menos ideas más propias. Al comienzo exploran el hecho de que el personaje principal ha mantenido su alma, su “fantasma”, pese a que la quieren usar como un arma. Pero el camino para intentar responder a ese dilema se difumina.

Parte de ello se debe a que este Ghost in the Shell intenta justificar su whitewashing, vendiendo la pescada de que el original siempre estará y que en el fondo, tras la apariencia de Scarlett Johansson, existen las mismas motivaciones. Pero no, eso no es posible de aceptar y ese punto termina jugándole en contra a toda la historia, ya que lo instalan como un misterio previsible cuya resolución solo parece ser un regalito servido en bandeja para que los más fanboys no aleguen.

Con esta Ghost in the Shell intentaron diferenciarse, y de hecho este live-action funciona como una especie de precuela del anime, pero aún así no hace del todo click. Lo más favorable que se puede decir es que aunque es una película con elementos genéricos, intenta proponer mucho más de lo que podamos decir de otras adaptaciones. Especialmente esos live-action que los japoneses hacen de sus propios animes, pero que solo se preocupan de la estética. Aquí sí está esa preocupación, pero también hay un intento de relato.

Y quizás no se pueda aspirar a más cuando la mayor parte de la audiencia se conforma con ver lo mismo que ya vio y mientras más parecido, mejor. Pero la estética no es todo. Las ideas son lo que importan.

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