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Review | Pacific Rim Uprising, más grande no es mejor

28 MAR 2018 / Cine

Review | Pacific Rim Uprising, más grande no es mejor

La secuela se instala bajo una idea que no logra respaldar, intentando expandir su universo de una forma que no abraza completamente lo que impulsó al original.


En más de una ocasión, un personaje de Pacific Rim Uprising clama que más grande, es mejor. Es algo así como un mantra que busca poner la fianza sobre todo lo que se propone esta secuela de aquella película que Guillermo del Toro definió como “porno robótico obsceno, acción de robot sobre kaijus”. Pero esta continuación de la historia es una prueba de que algo sea más grande, no implica que sea mejor.

Instalada como una propuesta situada 10 años después de la película anterior, Pacific Rim Uprising tiene todos los ingredientes de pirotecnia visual para justificarse, pero estos no cuajan. Desde los primeros minutos, de hecho, queda en evidencia que Steven S. DeKnight, el director de esta nueva película, no tiene ni el manejo ni la visión que solventó a la película anterior.

Tengan en cuenta que, a lo largo del tiempo, diversas críticas apuntaron contra el Pacific Rim de Guillermo del Toro, mirándola en menos y catalogándola como una producción menor. Sin embargo, la película original cumplía todo lo que se proponía, instalándose en una producción que explotaba una sola idea: ser una versión live-action de aquellos viejos dibujos animados de mechas gigantes, desde Mazinger Z a las series que componían El Festival de los Robots, enfrentados a gigantescos monstruos inspirados por la tradición kaiju iniciada por Godzilla.

Esta secuela toma esa idea, pero transmite la impresión de que no la dominan por completo. Por un lado está el objetivo de ornamentar su escenario con más Jaegers en acción al mismo tiempo, agregando en el camino kaijus más grandes que cuentan con un diseño menos atractivo que los de la primera entrega. Asimismo, también agregan rostros ya conocidos de la primera película, pero usados de una forma más torpe. Y, finalmente, también está la idea de los problemas que surgen al tener que confrontar un legado y el deber que conlleva el salvar a la humanidad.

El resultado final es una producción que a cada momento busca demostrar que es una evolución, pero el resultado es algo más apegado a las apariencias que al desarrollo de las ideas que dejó el original. Si bien Pacific Rim era una película que “solo” abordaba a robots dándose y no consejos contra monstruos, también se instaló como una rareza para el cine blockbuster, dándose el tiempo para construir a sus personajes, alejándose de tenerlos como meras marionetas al servicio de las explosiones.

También dejaba clara la idea de que la salvación no está en el individualismo. Que los humanos y las respectivas naciones que creaban a esos jaegers, podía poner espíritu y garra en las tuercas y transistores. Ahí veíamos a Guillermo del Toro en su salsa, estableciendo una visión clara sobre qué cosas marcan al género kaiju, incluyendo ganchos al sustento primigenio en el origen. En esta secuela, esos elementos quedan en segunda línea en pro de un espectáculo que no abraza nunca sus raíces.

Sin entrar en spoilers, mucho se habló en la antesala de Pacific Rim que era una copia de Evangelion, lo que no solo era una comparación ciega, sino que absolutamente desconocedora de las raíces de las influencias más antiguas de la producción del mexicano. También no tomaba en cuenta lo que propiamente definía a la creación de Gainax como algo fuera de lo que era el mundo mecha tradicional. En esa línea, Pacific Rim Uprising es probablemente el sueño cumplido para aquellos que sí querían ver algo de Evangelion en una producción live-action como esta, pero amarrándose a las ideas más de antaño que influenciaron al original. Quizás por eso algunas cosas no pegan ni juntan.

Asimismo, las torpezas de esta secuela son impulsadas por su elenco de personajes. John Boyega nunca logra establecerse correctamente como el protagonista, un tipo que no quiere seguir el legado de su propio apellido, mientras que a su alrededor tiene a personajes que funcionan más como maquetas que como elementos totalmente desarrollados. Ahí está el co-piloto recto de mandíbula cuadrada y sin visos que es interpretado por Scott Eastwood o la niña prodigio capaz que crear su propio Jaeger y que rápidamente se vuelve en algo exasperante, más allá de que intenten darle un origen trágico como el de Mako Mori.

De todas formas, nada de eso molesta en comparación a un punto no menor. Esta secuela solo existe debido al éxito económico de la primera película en China, cuya recaudación dio pie a que se solventase la posibilidad de generar una continuación. De ahí que, considerando que hay plata china en esta secuela, sus realizadores no solo agregan actores asiáticos y escenarios orientales, sino que además se siente en exceso el enfoque para justificar la presentación en esas salas de cines.

Ese factor económico también merma mucho al relato de esta secuela, ya que en un momento intentan vender como sospechosos de una confabulación a un conglomerado chino que desarrolla jaegers tipo drones, dándole algo de intriga a este cuento. Pero, claro, los chinos nunca iban a ser los malos en una película tan enfocada en ese mercado.

A la larga, Pacific Rim Uprising no busca ser nada más que espectáculo, pero en el camino olvida las raíces que potenciaron al original para abrazar su pirotecnia que conocía al revés y al derecho el entorno mecha/kaiju que explotaba como parte de los elementos que definían a su universo.

Siguiendo la idea de que algo más grande no necesariamente implica que es mejor, esta secuela tiene gigantescas secuencias de combate, pero su coordinación, desarrollo, manejo de cámaras y coreografía de batalla están dirigidas de una forma que evidencia todo el aspecto novato de su director debutante, que llegó a este trabajo solo con la experiencia de encargarse de la primera temporada de Daredevil y un par de episodios de series como Dollhouse, Smallville y Angel.

Aún así, y teniendo en claro que esta secuela está lejos de las cotas memorables del original, impulsadas por ese corazón bombeante que Guillermo del Toro le otorga a cada una de sus producciones, Pacific Rim Uprising no es solo pirotecnia burda que avanza en la senda de los Transformers de Michael Bay,  aunque muchos intenten ver paralelos en un afán de ofensa solo para hacer el paralelo facilista.

El mundo de Pacific Rim es lo suficientemente atractivo como para que de esta secuela se aborden algunas ideas interesantes para expandir la saga hacia rutas que reconocerán los fans del género mecha, especialmente a lo que concierne a la idea de que existen Jaegers de origen desconocido que inevitablemente reactivan la amenaza kaiju y que están relacionados con el molde tipo Evangelion antes mencionado.

Quizás lo más importante a la larga es que Pacific Rim Uprising nunca se traza la idea de replicar, ser solo una mala copia de la película anterior, y aunque se pierde en su camino de expandir su universo, termina haciendo valer la entrada de todos aquellos que solo quieran ver a monstruos colosales siendo doblegados por robots gigantes.

Modificando un poco el grito de batalla de Guillermo del Toro, esto es una “softcore robótica torpe, acción de robot sobre kaijus…. y otros robots”. Y probablemente a muchos les bastará con eso.

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