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Sunset Riders: Cuéntame una de vaqueros

5 ABR 2017 / Videojuegos

Sunset Riders: Cuéntame una de vaqueros

Cowboys, disparos y voces robóticas. La época dorada de Konami nos regaló una aventura que hasta el día de hoy no puedo negarme a jugar.

Antes del online, de la pantalla dividida, de los controles extras y de que las consolas se convirtieran en un bien de primera necesidad para el mundo ñoño, si querías pasar una tarde jugando videojuegos con tus amigos tenías que juntar tus monedas de los vueltos o de la mesada e ir a alguno de los salones de flipper más cercanos.

La cultura del arcade era como la de un casino. Decenas de máquinas con colores y botones brillantes tratando de llevarse tu atención y tus monedas de las maneras más espectaculares posibles. Algunos como el OutRun simulaban manejar un auto con manubrios y todo. Los juegos de peleas ofrecían la oportunidad de decidir en una arena pareja quien era el mejor de todos. Y otros más clásicos te tentaban a intentar dejar tus iniciales como el mejor puntaje.

Sunset Riders era el paquete completo: gráficas bonitas, una temática lo suficientemente violenta y entretenida para engancharte y por sobre todo, cuatro controles en la cabina, lo que significa que hasta cuatro amigos -o a veces cuatro desconocidos- podían unir sus escasas fichas para vencer en el juego.

En una época donde Konami brillaba por sus títulos licenciados como las Tortugas Ninja, los X Men o Los Simpsons, Sunset Riders llegaba para contar una historia en un universo conocido, el lejano oeste, pero con personajes y un universo totalmente nuevos.

En su mecánica, Sunset Riders era un juego de scroll horizontal y disparos, un “Run and Gun” muy parecido a Contra, pero sin la dificultad que te obligaba a abusar del código Konami. Los vaqueros debían saltar, evadir y disparar para barrer con los enemigos, mientras volaban hacia ti las balas más lentas del planeta.

Los protagonistas del juego, los Sunset Riders, son cuatro cazarrecompensas que van en búsqueda de los 8 criminales más buscados del viejo oeste. Cada etapa es diferente y te obligaban a pasar por diferentes ambientes como pueblos, cantinas, trenes en movimiento, aldeas de indios e incluso correr sobre toros salvajes. Al final de cada etapa, la recompensa: poder enfrentarse a uno villanos y reclamar por su dinero.

Los protagonistas son extremadamente genéricos: con nombres como Steve, Billy y Bob no se puede esperar mucho. El único que destaca de esta manada de héroes rubios y blancos es Cormano, un mexicano que probablemente habría sido deportado por Trump, pero que acá está retratado con un poncho y un sombrero rosado que lo hacían el preferido para usar, aun cuando sus disparos eran los más lentos.

Eran tiempos más sencillos, donde este tipo de representaciones que hoy podrían parecer ofensivas, daban vida un juego caricaturesco y hasta inocente en sus representaciones. Lo que se notaba sobre todo en el plato fuerte del juego: los jefes de cada nivel.

Lo que hacía especiales a los jefes de cada etapa eran sus personalidades. Cada uno tenía un nombre y un apellido, o quizás un apodo que los identificaba, pero además de eso, cada uno de los villanos tenía dos frases con voces digitalizadas: una de bienvenida y otra al morir. Mis favoritos por siempre serán los mexicanos: El Greco y Paco Loco ya que tenían frases en un español muy mal traducido (como el mítico “Hasta la bye bye”) pero que daban un cierto sentido de recompensa que iba más allá del juego.

Cada etapa de Sunset Riders es una pequeña historia, como si fuera una película del oeste o una serie muy pequeña donde cada capítulo hay que combatir con un nuevo enemigo. Incluso, hay pequeños detalles que muestran que hay algún tipo de historia previa entre los protagonistas, como cuando “El Greco” muere y dice “Adiós Amigo” a Cormano, quien luego procede a recoger su sombrero. Son pequeños vestigios de historias muy simples pero que en esa época eran quizás de lo más complejo que se podía mostrar en un juego arcade.

Pero lo mejor de mi historia con Sunset Riders ocurrió cuando, años más tarde, me di cuenta que podía jugarlo cuando quisiera en mi casa, gracias a un port de SNES que era lo más parecido a la experiencia original. No se podía jugar de a 4 y contaba con cierto nivel de censura, pero fuera de eso, el Sunset Riders de SNES es casi perfecto. Eso terminó por sellar mi relación de amor con un juego que, por desgracia, no tuvo la relevancia que uno esperaba.

Sunset Riders es especial porque terminó allí, porque a pesar de todo, no se convirtió en una franquicia. Lo más parecido a una secuela fue un juego basado en una serie de dibujos animados noventera llamada “Los vaqueros de Moo Mesa”, el cual conserva la jugabilidad, pero pierde toda la gracia del original. En ese momento, Sunset Riders pasó a convertirse en un clásico, en un recuerdo y en una idea que sólo resuena en nuestra mente.

Y es por eso que revisitarlo cada vez que puedo es una experiencia a la que no puedo negarme. A veces creo que mereció haber tenido el mismo estatus de franquicia que otros juegos de Konami, pero otras siento que es mejor que se haya quedado así.

Que la emoción de encontrarlo en un arcade viejo sea el ticket sin retorno hacia una época donde todo era más simple y donde podía cumplir el sueño de ser un vaquero mexicano.

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