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Por qué Man of Steel nunca estará a la altura del Superman de Donner

15 DIC 2018 / Cine

Por qué Man of Steel nunca estará a la altura del Superman de Donner

Mientras una película grafica un mundo que quiere inspirarse, volar y hacerse promesas valóricas, la otra asume su concepción en nuestro futuro, similar a una distopía como las que pensamos eran sólo ficción. ¿Qué tienen en común? ¿Por qué la obra de Snyder jamás volará a la altura de la de Donner?


El fin de los años setenta fue un periodo prolífico para el cine. Un panorama de obras maestras como Jaws de Steven Spielberg (1975), pasando por adaptaciones como Carrie de Brian de Palma (1976) cubriendo a Stephen King, hasta la misma Star Wars (1977), hacían que cada vez la apuesta fuera más alta en las carteleras de todo el mundo.

Y en 1978, si están leyendo este sitio, ya saben lo que pasó. Un big bang.

Una música inconfundible retumbaría para siempre en nuestros oídos. Así la describió Cristian Briones “Fílmico” para Mouse hace algún tiempo:

Abre con una suave melodía que evoca la inocente fascinación por el espacio. Luego el golpe de percusión, la nave que cae. El niño crece, camina, trota, corre y despega en una explosión orquestal de tintes heroicos como pocas veces han sido escritos. El “Can You Read My Mind?” adorna los cielos nocturnos. Y así, en el medio del éxtasis musical, creemos que el hombre puede volar.

Esa creencia era también un anhelo. El hombre sentía compasión por sí mismo. Alguien, que no era humano, encarnaba de mucho mejor manera los valores que debieran asociarse a cualquier persona decente. ¿Quién fijaba esos valores? Superman de Richard Donner supo ser un reflejo de los sueños de ese 1978 y una vara que, años después, Zack Snyder, para bien o para mal, quiso ignorar con su adaptación del hombre del mañana.

¿Por qué Man of Steel nunca estará a la altura del Superman de Donner? Porque no puede. Y asume que no puede desde un comienzo: no le interesa agradarle a todos. Una definición otrora simplona, pero que termina siendo clave si miramos ambas obras en retrospectiva.

Si en algo sigue siendo exitosa la versión de Superman de 1978 es en eso que MOS sólo se interesa en sembrar por vuelta larga: esperanza. Un tipo de héroe americano -el mejor- podía ser todos y uno a la vez. Podía ser abrazado por la sociedad sin complejos. Podía ser aplaudido por una multitud después de rescatar a una persona que cae desde las alturas.

“Pensé en aquellos tiempos cuando era adolescente: ‘Cuando lleguemos al poder, no habrá más guerras, no habrá más discriminación racial, y la marihuana será legal’. De momento llevo una de tres. Cuando piensas en ello, [mi generación] es un fracaso. El mundo es sin duda un lugar peor que lo que era entonces”, dijo Mark Hamill a IGN, tratando de entender el reflejo oscuro de Luke Skywalker reflejado en el lente de Rian Johnson para la excelente y a la vez vapuleada The Last Jedi (2017).

La distancia entre el Luke de la trilogía original y el propuesto en la última entrega de la saga es el trecho que separa a Donner de Snyder.

Pero no hay que perderse. Superman existe en ambos mundos: el de Donner, floreciente optimista, lleno de júbilo por haber ganado la carrera a la luna, orgulloso de su periodismo y el Estados Unidos profundo a tal punto que Metrópolis es un sonido, similar al de cualquier gran ciudad de su propio país. Acá, la señorita Teschmacher le puede robar un beso al héroe, a lo que nunca pudo ser o nunca tendrá y no nos importa, porque la aventura debe continuar.

En este mundo, la guarida subterránea de Lex Luthor, nos hace menos ruido que su plan de estafa inmobiliaria y esa mirada tierna al delito que hizo caer al Estados Unidos post Bush. Acá, el héroe puede volver el tiempo atrás, recuperar su aureola y de pasada el que cree es el amor de su vida. Y el público puede aplaudir sin complejos.

Y Superman existe en Man of Steel: un fiel reflejo del mundo en que fue creada. Uno en que la pelea no es por aceptar el destino, sino por torcerlo -el Clark Kent de Henry Cavill sufriendo al escuchar todas las voces del mundo y ver con rayos x a diario las vísceras de sus propios compañeros de curso-.

Un lugar donde los fundamentalistas -el excelente Michael Shannon como Zod, por ejemplo- prefieren ver caer todo y a todos para refundar los espacios comunes bajo sus propios cánones. Un mundo que no necesita héroes, porque todos creen ser el héroe de su propia historia.

Man of Steel nunca estará a la altura del Superman de Donner, más allá de las atendibles consideraciones técnicas o sobre fundamentos del personaje, porque nuestro mundo dejó de estar a esa altura.

¿Para qué soñar con volar, si todos vuelan? El sueño hoy, quizás, sea bajar al que aprendió a volar.

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