*

¡Viva la Raza! El día que Eddie Guerrero alcanzó la cima de la WWE

15 FEB 2017 / Wrestling

¡Viva la Raza! El día que Eddie Guerrero alcanzó la cima de la WWE

El 15 de febrero de 2004, el “Latino Heat” se impuso a Brock Lesnar y logró el Campeonato Mundial de la WWE. Un momento histórico. Por esto es que en un nuevo aniversario de su coronación, homenajeamos al ídolo mexicano.

Ni el propio Eddie Guerrero debió imaginar alguna vez el escenario que se le presentaba. Menos si consideraba lo que había sucedido tan sólo un par de años antes, ese 9 de noviembre de 2001 en que, aún consumido por los demonios que casi acabaron con su carrera, fue arrestado por conducir en estado de ebriedad. Una situación que le valió su salida de WWE tres días después.

Pero ahí estaba: tras lo que siempre buscó y que tantas veces se le negó, o que él mismo se negó: en una lucha por el Campeonato Mundial de la empresa.

A la par de su irrupción nació el debate: la lucha libre, ¿deporte o espectáculo? La aplastante mayoría no duda: sólo se trata de un show. Seguramente, esos golpes casi reales, finalmente ficticios, tendrán algo que ver. Ni siquiera los impactantes vuelos o las llaves y contrallaves que exhiben sus protagonistas alcanzan para cambiar esta postura. Pero aun cuando así fuese, hay que aceptar que la lucha libre tiene un par de cositas de los deportes acaso más tradicionales. Sobre todo a la hora de los fanatismos.

Las compañías siempre se encargan de asignarles roles a sus atletas. Está el luchador “face” o técnico, que asume la condición de héroe y, por lo general, es de los favoritos del público. También el “heel”, mayuyero para Marcelo Rodríguez, que actúa como villano. Sin embargo, existe un puñado de luchadores que logra trascender a estos conceptos. Unos pocos que son elegidos por el respetable sin importar el libreto. Stone Cold y The Rock por ejemplo, para precisar la idea.

Y Eddie, poquito a poco, entró en ese selecto grupo: la gente se abanderó con su personaje, lo asumió como propio. Lo quería en serio. Porque el luchador de origen latino se planteó como uno más, lejos del ideal de luchador íntegro, del atleta intachable. Por el contrario: era ese tipo irresponsable que uno imaginaba siempre de fiesta en fiesta, de mujer en mujer. Uno que se jactaba de robar, mentir y hacer trampa para cumplir sus objetivos. Siempre con la picardía y el carisma que lo caracterizaron. Y, cómo no, con un virtuosismo técnico propio de la lucha libre mexicana.

Lo que se hereda no se hurta, reza el refranero popular. Eduardo Gory Guerrero Llanes, Eddie Guerrero, lo tuvo claro desde temprana edad. Hijo de “Gory”, sobrino de Chavo, descendiente de una de las familias más emblemáticas de la lucha libre mexicana, su destino se asumía incuestionable: iba a ser luchador.

Y efectivamente heredó las habilidades de su linaje. Un talento que regaló durante más de trece años en distintas empresas alrededor del mundo, destacando en los tres colosos de la lucha libre: México, Japón y Estados Unidos. Hasta que finalmente se abriría la gran puerta: la por entonces WWF, victoriosa de la guerra de los lunes por la noche, se interesó en sus servicios.

Un amor violento. Su primer paso estuvo lejos de ser el mejor. Eddie cargaba con el peso de un infierno que aún no era capaz de superar. Consumido por el mundo nocturno, los analgésicos y esteroides, las drogas y el alcohol, fue arrestado y dejó escapar la que era su gran chance. Perdió su trabajo. Y no sólo eso: también a su mujer, cansada de sus adicciones.

Eddie entendió que debía reinventarse. Y así lo hizo. Desde abajo comenzó su remontada, luchando en empresas independientes. Su calidad en el ring nuevamente sería un salvavidas y los cambios tuvieron recompensa: la WWE nuevamente le abrió las puertas. Comenzaría otra historia…

15 de febrero de 2004. Ya había transcurrido casi media hora. Era una verdadera tortura. Difícilmente había sufrido tanto en un ring de la WWE. Pero esta vez valía la pena: nunca antes había estado tan cerca de la cima. Nunca antes miró tan de cerca un Campeonato Mundial. Y ahora estaba a su alcance. Lo único que le faltaba para coronar su carrera. Eddie ya había recuperado su trabajo, ya había recuperado a su familia. Ahora quería probarse el cinturón.

Su rival era Brock Lesnar, un tipo que desde su llegada en 2002 se había encargado de humillar uno por uno a los referentes de la empresa. The Rock, Undertaker, Big Show, Rob Van Dam y Kurt Angle, fueron algunos de los que cayeron ante su potencia física. Rey del Ring, ganador del Royal Rumble y estelar en Wrestlemania.

Pero ahí estaba Eddie Guerrero en la tercera cuerda. A tan sólo unos segundos de realizar el salto que lo transformaría en una leyenda. La plancha que cambiaría para siempre su historia en la WWE. El movimiento que lo convertiría en el segundo latino en lograr la presea máxima.

1… 2…, y 3. Y el Cow Palace de California explotó. Su familia lloraba al costado del ring, mientras él festejaba en la mesa de comentarios en español. Eddie logró ponerle fin a una historia marcada por un pasado turbulento y completar una carrera que merecía un logro de esta índole.

Han pasado los años y los fanáticos de la WWE siguen recordando la coronación de Eddie. Y es que entre el latino heat y el respetable se generó un lazo indestructible. Por lo mismo, no extraña también que se lo recuerde cada vez que algún insolente se atreve a realizar la inmortal Plancha del Sapito. Momento en que se apresuran a gritar: “¡Eddie, Eddie, Eddie!”.

 

Seguir leyendo