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Yo, Darth Vader

25 MAY 2017 / Cine

Yo, Darth Vader

El mal encarnado en forma de máscara estuvo en mi casa mucho antes de que supiera qué era La Guerra de las Galaxias. Y ese mal me hizo pasar una de las mayores humillaciones de mis años escolares.


Caminaba imponente vestido de negro completo, con la máscara y una capa.

Y los niños me pegaban en la cabeza.

No sé cuántas décadas tenía esa máscara, pero apareció en mi pieza como parte de esos tesoros que se heredan de los hermanos mayores sin muchas explicaciones. Antes de saber quién era Luke, Han Solo, Leia o incluso el mismo Darth Vader, para mí estaba esa máscara negra de dos piezas con un elástico medio vencido y un casco durísimo que se ponía encima.

Tampoco recuerdo cuándo exactamente relacioné esa imagen, la imagen de la maldad oscura, con la saga. Tiene que haber sido un poco después de que cumplí diez años. Es extraño pensar que el mayor testimonio del impacto de Star Wars en la vida de las personas, en mi caso, sea ése: el imaginario estuvo en mí, a través de la máscara, antes de que entendiera la lógica de lo ocurrido hace mucho tiempo y en una galaxia muy lejana.

Quizás cómo era para mis compañeros, pero para mí la típica actividad de los disfraces era un suplicio chino. Había dos tipos: unos eran los de final de año en que mi colegio organizaba espectáculos para los papás asemejando las megaproducciones bíblicas, donde recuerdo haber sido, en secuencia, pez consumido por el diluvio universal, inca, bailarín de la corte imperial y niño que escuchaba a un profesor mientras hablaba a una estatua.

Los otros eran los más duros, porque implicaban o caer en una competencia feroz – con los gastos correspondientes involucrados – o correr el riesgo de ser humillado por un error estratégico.

Me disfracé tres veces así en mis años de colegio. Una vez fui el Zorro y mi espada de madera se me rompió en el primer recreo. Otra vez, cuando ya era mayor, armé un disfraz del Negro Piñera del que aún hay fotos que pagaría por destruir.

El tercer disfraz fue el de Darth Vader.

La memoria, sabemos, es sumamente selectiva. Retiene a veces sensaciones más que momentos. Sentimientos más que fechas. Recuerdo ese sentimiento ganador de ir vestido de Darth Vader, con una capa construida a partir de un beatle negro, un pantalón del mismo color, los zapatos con los que iba todos los días al colegio y una bolsa de basura.

Esto era antes de que a George Lucas se le ocurriera volver con la saga. Antes, incluso, de que muchos de mis propios compañeros –o que yo mismo- entendieran, entendiéramos, que esto era algo mucho más grande de lo que podíamos comprender. Antes, por lo menos una década antes, de que las maravillosas máscaras de Darth Vader con adaptadores de voz y sonidos estuvieran disponibles en las tiendas comerciales.

Pero yo sentía que era la maldad encarnada. ¿Qué podía salir mal?

Fue el primer recreo cuando salí al patio. La máscara tenía un detalle técnico que a simple vista no importaba, pero se terminó convirtiendo en clave: los ojos estaban colocados en una posición en que no permitían ver bien quién estaba al frente.

Ahí estaba yo, tratando de asustar al mundo e imponer respeto, sin ver nada.

De pronto, un grupo de niños de algún curso mucho más pequeño me rodeó y me comenzó a gritar. Victoria, pensé.

Un segundo después, sentí un golpe en el casco. Y otro. Y uno más.

Como era de material duro, cada golpe en el casco me rebotaba en la cabeza. Como estaba separado de la máscara misma, corría el riesgo de que se cayera y quedara en el más completo ridículo.
Darth Vader, el hombre más poderoso de la galaxia, debió retirarse a su sala para evitar la derrota más ignominiosa de su vida.

Muchos años después, me quedé pegado diez minutos en una tienda París de Alameda con San Antonio pensando en comprarme la máscara nueva de Darth Vader que había llegado después del Episodio III.

Hasta hoy no sé por qué no lo hice.

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